LA PIEDRA Y LA HERIDA
Viajar por Latinoamérica me cambió en muchos sentidos.
El mejor de ellos fue descubrir una comunidad de unión férrea, más profunda de lo que jamás había imaginado.
El peor, ver aún vivas las marcas del látigo de la conquista: la sangre que todavía se derrama, los sentidos que aún colonizan nuestras mentes.
La conquista no fue solo material, también fue mental
En el laberinto se cruzan los caminos de lo sagrado, lo colonial, el cuerpo, la tierra y el espíritu.
El laberinto como estructura viva del dominio.
En el centro de gravedad de esta cartografía están nuestras manos: ajadas por el trabajo, atadas y sangrantes, marcadas por la suavidad, la santidad, el perdón y la esclavitud.
Son parte de un cuerpo sometido, pero también de un cuerpo que recuerda, que todavía se brinda como ofrenda.
Nuestros territorios conservan la memoria en su misma matriz: en la materia viva de la roca desnuda.
La piedra y la herida es una excavación poética sobre los restos de la conquista: ruinas que siguen respirando, geometrías que aún sangran, laberintos donde la historia busca salida.
Esta serie nace de un viaje por territorios que conservan la memoria en su materia: las piedras de Perú y México, talladas, erosionadas, aún vibrantes. Cada imagen es una capa del suelo, una superficie que guarda las marcas del poder, la fe y el sacrificio.
El laberinto recorre toda la obra: no como símbolo del extravío, sino como estructura del dominio. En él se cruzan los caminos de lo sagrado y lo colonial, del cuerpo y la tierra.
Las manos abiertas, atadas, expuestas, son el centro de gravedad de esta cartografía. Hablan del cuerpo sometido, pero también del cuerpo que recuerda, que todavía ofrece, que no olvida.
“La piedra y la herida” es una excavación poética sobre lo que quedó después de la conquista: ruinas que siguen respirando, geometrías que aún sangran, laberintos donde la historia busca salida.

















